Reinventarse cada día

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Hay días en que me pregunto si es posible reescribir nuestra vida. Mejor aún, pienso sobre las veces en que, casi sin saberlo, la dedicamos a andar por un único camino porque fue el que comenzamos a los 18 años y creemos que ya no hay posibilidad de cambiar el rumbo. Pero sí, podemos hacerlo.

Creo que esta crisis (digo crisis, por no decir gran estafa, perdonen la expresión) está trayendo algo bueno, y es el despertar en nosotros la capacidad de reinventarnos, de ponernos a prueba, de darnos otras oportunidades. No es cuestión de mirarlo con tristeza, muy al contrario, creo que esto nos está permitiendo darnos cuenta de que los caminos no están dibujados, y que podemos andar por donde deseemos.

A mí me gusta mi trabajo, me gusta lo que hago y eso no tiene precio. Creo que si esta crisis no se hubiese cruzado en mi camino ni siquiera me estaría planteando la posibilidad de hacer otras cosas. Y sin embargo, veo tantas posibilidades, tanto que probar, que a menudo me digo, ¿qué puede ser lo próximo?

Por eso, hace algún tiempo que vengo pensando cuál es la mejor forma de completar “las horas de jornada que me sobran”, qué puedo hacer que sea compatible con los proyectos que ahora llevo y a los que no quiero renunciar.

Me apetece estar también unas horas en contacto directo con personas (una tienda, una recepción…) o haciendo algo fuera del ordenador. Así que… ando valorando posibilidades y, mientras tanto, arrancando un proyecto muy bonito con mi madre, un proyecto que lleva los apellidos de mis abuelas -de quienes heredé mi gusto por la costura y las cosas hechas a mano- y que espero que nos de, sobre todo, muchas satisfacciones.

¡Os seguiré contando!

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Cuando la publicidad consigue emocionar

Un cumpleaños muy especial

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Como ya os he contado en alguna ocasión tengo la suerte de trabajar con varios clientes que por muy diferentes motivos (o no tan diferentes, en realidad) me enseñan cada día no sólo en un plano profesional sino también y de forma muy especial a nivel humano.

Esta semana he tenido la suerte de poder pasar una jornada en cada una de las comunidades terapéuticas de la Fundación EMET Arco Iris. Ayer, y coincidiendo con mi cumpleaños, me tocó pasar por “La Muela”, que es la comunidad de tratamiento de adicciones de mujeres. Pude compartir con ellas su tiempo libre, un taller de restauración, un almuerzo riquísimo y parte de una interesante clase de matemáticas en la que yo también recordé muchos conceptos que se me habían olvidado.

Lo que encontré allí fueron mujeres, sólo eso, cada cual con sus virtudes y sus defectos; algunas muy dañadas, otras menos; unas con más ganas de luchar, otras que casi parecen estar de paso; unas jóvenes, otras ya maduras; algunas a las que fuera espera una vida, y otras que tienen que reconstruirla desde los cimientos. No mujeres indignas, ni mujeres que han perdido su dignidad; como mucho, eso sí, mujeres que la habían olvidado y necesitan recordar que merecen el respeto de los demás y de sí mismas.

Una de ellas me contaba que esta mancha les acompañará siempre y que cuando salgan la piedra más grande ni siquiera será su deseo de consumir, sino las inquisidoras miradas de sus vecinos y conocidos.

Y yo me pregunto quiénes somos para juzgarlas a ellas ni a nadie. ¿Hemos vivido acaso su vida? Estaría bien pararnos y preguntarnos, ¿quién sería yo hoy si hubiera nacido en su lugar? ¿cuál habría sido mi camino?