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Decía Darwin que no son las especies más fuertes las que sobreviven, ni las más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor al cambio. Os traigo hoy esta reflexión porque creo que siempre, pero especialmente en momentos de crisis, es fundamental ser flexibles para seguir adelante.

Cuando estaba estudiando la carrera, en época de bonanza económica, no solía pararme a pensar en la capacidad de adaptación. Siempre he sido una persona con aspiraciones profesionales sencillas, por eso me imaginaba mi futuro laboral ideal como algo tranquilo, trabajando en una empresa cualquiera, en labores de comunicación, con un sueldo que me permitiera vivir sin ahogos pero sin lujos y, sobre todo, con un buen ambiente de trabajo y un horario que me facilitara disfrutar tanto del trabajo como de las demás facetas de mi vida. Y sí, como quizás muchos de vosotros, imaginaba que estaría en ese trabajo “toda la vida” o al menos por un largo periodo de tiempo.

Las cosas han cambiado. Difícilmente podemos ya esperar ese contrato indefinido con el que nos jubilaremos (a menos que hagamos una oposiciones, ¡y cómo están las oposiciones!). Yo nunca imaginé que trabajaría como autónoma y aquí estoy. ¿Soy feliz? Sí, para mi sorpresa más de lo que imaginaba, porque me gusta lo que hago y porque de todos los sitios en los que estoy y por los que he pasado me llevo algo maravilloso (buenos compañeros, importantes enseñanzas…) aunque admito que el continuo proceso de cambio, los proyectos tan diferentes y el reajuste continuo de horarios a veces resultan agotadores. ¿Es lo que había imaginado? No, pero… tocaba adaptarse o quedarse en el camino y decidí probar a adaptarte. Y si mañana recibo una oferta para entrar en plantilla en una empresa o para formar parte de un nuevo proyecto y es una oferta interesante tocará adaptarse de nuevo.

Imagino que algunos estaréis en la misma situación que yo y me encantaría saber cómo lo lleváis. Yo, como os digo, he optado por flexibilizarme e intentar adaptarme, manteniendo siempre mis principios, que me permiten sentirme digna y honesta, y buscando, eso sí, trabajos que me aportan bienestar. Al fin y al cabo el trabajo es sólo uno más de los muchos elementos que conforman el mecanismo de la vida.

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